domingo 21 de enero de 2007

¿iPhone? ... ¿Y?

Este teléfono-inteligente móvil/personal se beneficia, a partes desiguales pero del mismo peso, de la enorme influencia mediática de Steve Jobs, de un diseño de interacción aventajado (interfaces concebidas para su uso razonable, en lugar de su uso posible) y de la pulsión emocional de una promesa llave-en-mano. Así que mi análisis se basará en… ¡Un momento, un momento! ¡Ay! ¡Cómo sonó lo anterior! ¡Qué desdicha! ¡Como si fuera un texto extraído de la típica prensa del corazón tecnológico, revestida de pedantería o de sapiencia marginal! Así que iré al grano:

Steve Jobs: como no soy accionista de Apple, su figura… me importa un pimiento; y su valor dentro de su compañía… un comino. Y es que yo asocio el lema bursátil “We need Jobs” con desempleados pidiendo una oportunidad laboral. Pero, ¿es que no admiro la mano firme de Steve y su creatividad? Pues sí, exactamente igual que la de Walter Lantz, el televisivo y risueño creador del Pájaro Loco (Woody Woodpecker); o la del Coronel Sanders, padre (en varios sentidos) del Kentucky Fried Chicken. El oficio y prestigio del señor Jobs, como ocurre con Billy Cristal o Whoopy Goldberg en la Ceremonia de los Oscar, entretiene y divierte; y eso es de agradecer; y su relación con Joan Baez me retrotrae al primer Bob Dylan y a los guateques de entonces, en que su música se ignoraba: más allá de esto… bueno, es un Matías Prats norteamericano.

Interacción: bloqueo del teléfono razonable –vale la pena visitar “Don’t Click It” (http://www.dontclick.it/) para revisar ideas similares de interacción con botones de activación–, desplazamiento mediante un dedo deslizante, uso de varios dedos en el zoom de imágenes, sensores de aproximación, etc. etc. Todo esto configura un agradable conjunto de interacciones que me harían comprar su producto aunque estuviera macizo y su resultado final fuera generar un zumbido (y es que soy un early-adopter compulsivo) ¡Ah! ¡Muy bien! ¡Mucho mérito y mucho esfuerzo! Claro que a uno (y sobre todo a mí) estas visiones de esfuerzo denodado se le representan con facilidad como los espectáculos de los niños-genio pianistas de 4 años: gran esfuerzo (para su edad), increíble ejecución (para su edad) y resultados discretos comparados con personas de la edad adecuada: es decir, exactamente como el sexo a partir de los ochenta años (o menos, en algunas regiones de España). Quiero decir que sus avances en interfaces de interacción me hubiera gustado leerlos, saber de sus cuitas de concepción y diseño industrial; conocer sus opciones y sus discusiones y conclusiones, las fuerzas en conflicto subyacentes en cada decisión y las perspectivas de extensión y evolución de sus resultados ¿Qué tengo, sin embargo? Pues un buen final para una película de misterio ¡Ay! Recuerdo el proyecto Lisa, o la fruición alrededor de las primeras interfaces WIMP de Apple y esto… es distinto. Se trata de epatar por la premura. Pero, claro, el resultado es bueno y agradable (como constatar que Clint Eastwood es finalmente rechazado en Los Puentes de Madison). Así que no tengo nada que objetar al diseño final, excepto que no puedo calibrar el diseño mismo, sino tan sólo el resultado (bueno, en mi escala de valoración actual). Vamos, como si la Viagra fuera sustituida por una píldora orgásmica instantánea: resultados, no infraestructura.

Promesas: a un año vista de su introducción práctica, el anuncio de Apple es una promesa similar a las que contractual y comercialmente se obligan las compañías de telecomunicaciones: “dispondremos de una red 3G en 2005”, “la voz-IP no es importante”, “qué significa realmente ser caro”, etc. Lo mejor es que tales anuncios sacuden el mercado y procuran el alineamiento de otras compañías en pos de un modelo que, merced al despliegue mediático, se puede asimilar a una empresa seminal (Apple, en nuestro caso), aumentando así el valor de ésta.

En fin: ¿Qué es lo mejor del anuncio de Apple? Pues que la funcionalidad revelada de su iPhone (o como demonios se llame tras la resolución dineraria o judicial de su disputa con Cisco) hará converger los esfuerzos de múltiples compañías para emular y mejorar las interfaces mostradas (patentes aparte, claro). ¿Y qué es lo peor? Pues que oscurecerá iniciativas similares (y tal vez mejores, siquiera parcialmente) con menor potencial mediático. Así que sugiero el mantra (que mi padre repitió incontablemente en mi adolescencia) “¿El puente? ¡Cuando haya que cruzarlo!” Esperaré casi un año para ver si compro, y mientras utilizaré mis impresiones sobre los resultados de diseño del iPhone en mis circunvoluciones internas sobre movilidad: onanismo tecnológico, al fin, pero placentero, claro :).